Planos de crecimiento espiritual.
Dios, en Su inmensa perfección, creó al hombre a Su imagen y semejanza (Gen 1, 27). Lo hizo trino , dándole un cuerpo, un entendimiento y un alma inmortal. Con el soplo de su aliento le dio el don divino de la gracia que lo elevó al plano sobrenatural .
La gracia santificante capacitó al hombre para entrar en el mundo de Dios. Esta vida de la gracia le colmó de dones y virtudes que hicieron de esos primeros hombres seres sobrenaturales que vivían en perfecto orden y de acuerdo a la voluntad de Dios.
Asimismo, le dio el don del libre albedrío, es decir, lo hizo libre para escoger. El hombre poseía todo lo que necesitaba para ser feliz en medio de una creación que le estaba totalmente sometida, donde reinaba la armonía y el orden establecido por Dios mismo.
Entonces Dios puso a prueba Su creación y le impuso unas condiciones al hombre. El hombre usando su razón y abusando de su libertad se reveló contra Dios y escogió hacer su voluntad (cfr. CEC 397). Alteró el orden y armonía perfecta que reinaban en la creación y fue expulsado del mundo de Dios. Perdió la gracia santificante y, con la gracia, todos los dones sobrenaturales que le fueron dados sin mérito de su parte. Los hombres no apreciaron tan grandes dones, pues no pasaron esfuerzo ni trabajo para conseguirlos.
Con la desobediencia entró el pecado y con el pecado entró la enfermedad, el sufrimiento y la muerte (cfr. CEC 397). El pecado hizo descender al hombre de un estado de perfección a un estado de muerte (cfr. CEC 400). De un plano sobrenatural donde reinaba el orden y la perfección como es el mundo de Dios, a un plano de muerte donde reina el desorden, el deterioro y la confusión.
Sin embargo, Dios no abandonó al hombre en su desgracia y desde el mismo momento de su caída, le promete un Salvador para que pueda regresar a Él (cfr. Gen 3,15). Este regreso, sin embargo, le costaría gran esfuerzo y sacrificio al hombre, ya que derrochó tan grandes dones que le fueron dados gratuitamente.


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